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«Perder peso cuesta más de pensamiento que de acción»

Diego Olmedilla confiesa sin titubear que ha tenido problemas de exceso de peso y se ha pasado media vida probando dietas, «incluso estuve a punto de operarme del estómago», puntualiza. Asegura

que visitó a los mejores médicos en España y extranjero, pero no fue hasta un día en que cuidaba a un joven enfermo terminal de Sida, cuando se dio cuenta de que su verdadero problema no era que comiera porque tenía hambre, lo que tenía era una adicción a la comida. «Aquel joven moribundo le decía a su madre que él se inyectaba por el placer que le aportaba. Aun sabiendo que estaba mal hacerlo, no podía parar. Me di cuenta de que yo tampoco podía parar de comer. Yo era un gordo ilustrado porque lo sabía todo sobre nutrición, ejercicios, teorías, valores alimenticios..., pero comía a todas horas. Tenía una adicción».

—En su libro último libro, «¿Cuántas calorías cuesta la felicidad?», asegura que la tristeza que produce ser gordo solo la entiende otra persona gorda. ¿Por qué? ¿Qué sentimientos genera exactamente?

-Ser gordo crea un sentimiento de frustración tremendo por la incapacidad de conseguir aquello que se anhela, a lo que se suma la exclusión a la que se ve sometida la persona en la sociedad, y a la que uno mismo se somete. El hambre no es el verdadero problema por el que engordan las personas y, por eso, la comida no es la solución. Lo que ocurre es que tienen un desajuste emocional que les lleva a comer cualquier cosa. Son personas con muchos vacíos afectivos y cuando sufren necesitan una vía de escape, y una gran mayoría se engancha a la comida y se acaban convirtendo en adictas.

La comida es como un anestésico que hace que tras ingerirla se sientan bien en un momento, pero el problema es que no miden las consecuencias de su abuso y el coste es muy elevado. Un exceso de comida o bebida, sale muy caro porque luego uno se sienten como un trapo y se acumulan kilos que no se desean y que saben que son difíciles de quitar.

-¿Aparece un sentimiento de culpa?

Sí, pero hay que partir de la premisa de que la comida es buena, es fuente de vida. Lo que ocurre es que la relación que nos une a ella no lo es. No solo es un tema que afecte a personas con un exceso de peso muy grande, hay algunas a las que le sobran dos kilos y se sienten mal por tener una relación incómoda con la comida. Viven atormentadas porque piensan en la comida a todas horas y a las mujeres les pasa mucho por la presión social, por no gustarse a sí mismas. Mientras una persona sienta continuos impulsos que le llevan a la comida, sentirá en su interior una batalla muy cruenta, como una guerra civil.

-¿Cuándo se da cuenta una persona de que esa relación no es positiva?

-La gente con este problema ha deambulado por las consultas de endocrinos, ha hecho muchas dietas y llega un momento en que se da cuenta de que no le funciona nada. No se trata solo de comer menos. Un especialista en Psicología debe descifrar aquello que le produce ansiedad y el deseo incontrolable de comer para sentir ese placer.

Lo ideal es que le apoye un equipo de médicos, especialistas en nutrición y psicología, porque, en definitiva, es un problema emocional. También debe intervenir un especialista en deporte porque el cuerpo no puede ser sedentario como mucha gente se está volviendo en esta época en que el universo está a un click, y casi no hace falta ni moverse del sillón para tener todo a nuestro alcance.

«Hay diferencia entre querer y poder. Cuando quiero perder peso, actúo»

-Entonces, ¿hay que solucionar previamente el problema afectivo para que puedan adelgazar?

-Sí, hay que hacer terapia y sacar a flote aquello que se ha quedado pendiente, que puede ser una mala relación con los padres, acoso en el colegio... Hay muchas veces en que no somos conscientes de lo que nos impide sentirnos bien porque preferimos ir tirando hacia delante y dejar de lado aquello que nos supone una molestia dedicarnos a ello. Pensar en nosotros mismos y hacer una verdadera reflexión, por ejemplo. Para ello es necesario pasar por un proceso difícil que es estar con uno mismo, y no a todo el mundo le gusta. Siempre se buscan excusas para hacer cosas antes de concentrarse en saber qué se piensa, qué se siente...

Una persona no puede vivir sin comida, pero cuando deja de necesitarla de forma compulsiva, siente que no le hace falta doparse y se desengancha.

-Una vez que se percibe el problema, ¿cómo se soluciona?

-Se trabaja mucho la resignación, la aceptación del problema para poder tomar decisiones sobre tu vida y modificarla. Las personas que tratamos tienen la autoestima por los suelos y su diálogo interno es criminal, autodestructivo y despreciativo. Son perfiles que tienen muchas dificultades en ver lo positivo. Lo veo cuando les pido que me digan rápidamente cinco virtudes suyas. No saben qué contestar. Pero, si les pido defectos, dicen un montón sin trabarse.

-¿Dónde pesan más los kilos en el cuerpo o en la mente?

-En la mente, sin duda, salvo para los obesos mórbidos que en estos casos estaría en un 50%.

-¿Cuánto tiempo se requiere para acabar con este tipo de adicción?

-Es dificil fijar un tiempo. Se baja antes de peso que se soluciona el problema de la mente. Destruir una relación con la comida, desintoxicar los órganos y liberarse de la influencia de los alimentos derivados de la harina, chocolates (que son de los más adictivos), en menos de seis meses es difícil. Hay que destruir ciertos malos hábitos.

Yo no creo en el mantenimiento porque lo he intentado mil veces y he fracasado. El mantenimiento lleva a un efecto rebote porque la persona se cansa de estar tanto tiempo contenido, reprimido y controlado... y llega un día en que estalla y rompe con todo.

El ser humano no ha nacido para estar reprimido. Ante la elección de comer una cosa u otra hay que tener argumentos que permitan convencerte de que toma la decisión que le favorece a uno. Pero si recibe un impulso, entre el impulso y la acción, no hay una toma de decisión para una persona con este problema. Es decir, si ve un bollo, se «tira» a comprarlo porque el bollo tiene mucho poder y deja ciega a la persona, que acaba haciendo aquello que no quiere.

Lo que sí se puede hacer con la ayuda de los especialistas es construir una nueva estructura que permita actuar con la comida pero sin excesos. Un proceso de menos de un año para todo es complicado porque puede estar inacabado.

-¿Cuáles son las claves para las personas con este problema?

-Consciencia y vigilancia permanente, lo que es difícil porque no estamos acostumbrados a ser conscientes de lo que nos ocurre en nuestro interior ni a estar vigilantes. Se puede interiorizar y llegar un momento en que se logre sin apenas ser conscientes de ello. Es como conducir un coche: tenemos integrada la vigilancia y consciencia de saber a dónde vamos y reaccionar si viene un coche rápido a nuestro lado, pero no vamos continuamente pensando en cómo pisar el freno, cómo meter la marcha...

«En los adictos a la comida, Comerse algo que les atrae endulza un momento, pero les amarga la vida»

-¿Cómo vencer el momento de ansiedad o duda?

-Hay que estar muy vigilante porque hay muchos estímulos hacia la comida en nuestro entorno, en la calle. La vigilancia es para que no te invadan. La guardia debe estar alta. Hay que tener muy presente el objetivo que, al final, es estar bien, contento con uno mismo. Comerte algo que te atrae endulza un momento, pero te amarga la vida.

Una de las cosas que trabajamos en la gente que viene hasta nosotros es cambiar su pensamiento de que «lo que me hace bien no me gusta, me aburre, y lo que me sienta mal me gusta». Muchas veces lo que les hace mal no es un alimento o bebida, sino el exceso en su consumo. Tras superar una serie de fases de tratamiento, la persona va a poder comer su pizza o tomarse su cerveza. Ese es el último paso pero, para llegar ahí, hay que pasar por un periodo de abstienencia y dejar algunos alimentos temporalmente para que puedan librarse de la influencia que tienen sobre la persona.

Tras dejar de tomar alimentos con harina durante un tiempo, ya no les crearán posteriormente compulsividad. La persona no necesitará tomarse tres chapatas antes de que le traigan el primer plato. Con un trozo de pan le bastará. Es de lo que se trata, de convivir con la comida de forma positiva.

Cuando uno decide que quiere recuperar su salud y quitarse los kilos, solo tiene la posibilidad de priorizar este asunto. Hay diferencia entre querer y poder. Cuando quiero actúo. Hay que planificar todo lo que vamos a comer, es fundamental hacerlo todos los días. También hay que ser muy consciente de que lo que quieres es recuperar tu salud y quitar el foco de la comida. Cuando dejas de mirarla con obsesión se iluminan otros espacios de la vida muchos más atractivos y nutritivos que la propia alimentación.

-¿Hay un momento mejor que otro para ponerse a dieta?

-No hay que esperar a mañana si lo puedes hacer hoy. Para muchos siempre es mañana y nunca hacen nada. El problema es que están en un círculo vicioso. En nuestra consulta hacen terapia de grupo, no solo individual, ( a veces de forma online si no pueden asistir) porque la conciencia colectiva tiene mucha fuerza y les empuja a salir de su zona de confort y a darse cuenta de que perder peso cuesta más de pensamiento, que de acción. La acción no cuesta tanto, sino que te hace, además, liberar endorfinas.

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