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«Tu hijo no te tiene que dar pena. Te tienes que creer la autoridad»

Al caer la noche muchos niños no son capaces de ir solos de una habitación a otra, al lavabo, o al dormitorio de los padres a buscar algo, o a la

cocina a por una cuchara… «porque no saben que encontrarán», explica la psicóloga y pedagoga, Montse Doménech. Para los padres, los miedos pueden convertirse en un verdadero trastorno. Bien porque no saben cómo remediarlos, o porque estén interfiriendo en la convivencia familiar. El último libro escrito por la psicóloga Montse Doménech tiene por objetivo ayudar a las familias primero a comprender y a solucionar este problema.

En La Vacuna contra el Miedo Doménech trata de reunir en estas obra los temores más comunes que ella ha tratado en consulta: miedo a la escuela, a nadar, a la separación, al médico, o a la oscuridad, con sus correspondientes terrores nocturnos, pesadillas y sonambulismos, entre otros. Además de explorar estos complicados estados emocionales, la obra de esta pedagoga propone juegos y cuentos para leer a los niños antes de dormir, de forma que esta guía se convierta en una especie de «vacuna» imaginaria que aleje los miedos de los niños y les devuelva la sonrisa definitiva.

—¿Qué es el miedo?

—El miedo es una manifestación emocional muy frecuente, sobre todo en los niños, que expresa la inseguridad o temor hacia experiencias desconocidas o que no están bajo su control. En realidad es una respuesta innata de nuestra mente, forma parte de nuestro ADN emocional. El miedo en realidad es beneficioso, ya que es una reacción que forma parte de nuestro instinto de conservación. Si este no existiera, nos habríamos extinguido hace millones de años.

—¿Qué puede causar un miedo, donde no lo había? ¿Qué favorece su aparición?

—La imaginación es un arma muy poderosa que puede jugar un papel importante en la sensación de miedo, ya que los niños absorben toda la información que reciben con poca capacidad de discernir lo que es real de lo que es ficticio. Por eso hemos de tener cuidado viendo el telediario, por ejemplo, o la televisión, en general. Los estímulos visuales disparan los miedos. También presenciar una discusión de los padres, o una broma pesada que el pequeño todavía no alcanza a comprender.

—¿Es verdad que muchas veces los padres creamos los miedos de nuestros hijos?

—Ellos nos copian todo, en efecto. Estamos constantemente diciéndoles: «Cuidado, que te vas a hacer daño, cuidado con estos zapatos, cuidado con caerte del banco…» Estamos haciendo niños frágiles. Es muy importante no ser tan preventivos, para no contagiarles miedos. Hay miedos genéticos, ancestrales y necesarios, pero luego están los miedos aprendidos, que son aquellos que transmiten entre padres, hermanos…

—También hay niños sin miedos.

—Si, con esos hay que hacer al contrario, debemos tener cuidado, porque se pueden llegar a hacer daño.

—¿Cuáles son los miedos más comunes y cuándo se convierten en patológicos?

—Los más comunes son a la oscuridad, a los monstruos… En muchos casos desaparecen solos, parejos al proceso madurativo. Sobre los 7 o los 8 años los niños saben reconocer fácilmente un hecho real de uno ficticio. En otras ocasiones, tenemos que aplicar terapias, o metodologías específicas para que desaparezcan. Si estos persisten es porque los padres también son muy temorosos y tenen metido al niño en una urna, lo que puede hacer que el miedo derive en fobia, que es el summun del miedo. La fobia hay que tratarla urgentemente porque bloquea la acción, hace que el menor no se vea capaz.

—¿Cómo se afronta el miedo, bien sea a los monstruos, a la oscuridad, o al agua?

—Siempre haciendo una exposición progresiva a la situación, de forma amable, lenta… Hay que hacer una terapia de exposición progresiva.

—En su libro dice que es muy importante verbalizar los miedos.

—Siempre es bueno verbalizar los sentimientos. Puedes empezar por preguntar con quién han jugado, por qué está enfadado, si no te cuenta animarle a hacerlo cuando esté más tranquilo… Es habitual que primero se bloqueen, pero que al cabo del tiempo, te lo acaben contando. Si hemos notado algo que nos preocupa, debemos averiguar qué le pasa, pero sin pincharlo, hay que utilizar la empatía y ponerse en su lugar. Cuando a un niño le quieres preguntar sobre algo que crees que le está pasando, has de darlo por sentado directamente, y decirle cosas como: «A mí también me pasaba, y a veces también me ocurre ahora». Porque así ve que es algo que no es tan grave y se siente acompañado. Necesitan nuestra complicidad y nos lo van a agradecer.

—Muchos niños sienten auténtico miedo en el momento de irse a la cama.

—Es porque no han entendido todavía el concepto del día siguiente. Para ellos es muy raro y a veces piesan: «quién sabe si me voy a despertar, o si van a estar mis papás». Les tenemos que dar garantías. Ellos necesitan saber lo que vamos a hacer el día siguiente, que vas a desayunar con ellos, o que vas a ir a buscarles al cole… En definitiva, garantías de que vas a estar tiempo con ellos. Pero sin mucho sobe o besuqueo. No es necesario cogerles o tocarles tanto. Como no les vemos mucho, al final caemos en la sobreprotección. Desde luego este es el 70% de las más de 10.000 fichas registradas de casos en la consulta. Por fortuna, son problemas habituales que se resuelven con tres consultas.

—¿Cómo hacemos, por ejemplo, para que dejen de meterse en nuestra cama en mitad de la noche?

—¿Tu hijo se mete en tu cama porque él quiere o porque a tí no te importa? ¿Por iniciativa de los padres, o porque el quiere? Para acabar con esto la metodología ue pensamos que es la adecuada es la siguiente: «A partir de mañana tú dormirás en la cama, esto es tu mundo, junto a las cosas que a tí te gustan. La habitación de los papás, solo es para los papás. Si lo haces bien tendrás una sorpresita debajo de tu cama. Y para que no salga de la cama una buena idea es ponerle un reloj despertador divertido y decirle: «Puedes salir cuando la aguja grande del reloj esté aquí».

—En el caso del miedo a la oscuridad hay muchos que necesitan tener una luz encendida para dormir. ¿Qué opina?

—A los niños se les tiene que exigir. El chantaje funciona. Puedes proponer dejar una luz pequeñita y baja encendida, pero si no llora. También puedes proponer juegos en la oscuridad. Decirles: «Hoy vamos a ver si en la oscuridad si podemos ver alguna cosa, como por ejemplo, la manecilla de la puerta». Esto sirve para que los niños sean conscientes de que con total oscuridad siempre se ve un poquito, y los ojos se van adaptando.

—Cuando los padres llegan a consulta y le dicen: Lo hemos probado todo, sin éxito. ¿Usted qué contesta?

—Solo hay que probar una cosa, hasta que funcione. Cuando lo tengas claro, hablar con tu pareja de cómo váis a lo hacer. Se trata de proponerte una metodología, y seguirla. Aunque el niño llore, y patalee. Tú como padre te tienes que creer que eres la autoridad. Tu hijo no te tiene que dar pena.

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